Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Estaban los dos junto a una ventana con las contraventanas contra la pared y se veía, más allá de los árboles del jardín y del parque de agreste verde, el valle de Gimmerton, con una extensa franja de niebla serpenteando casi hasta la cima (pues al poco de pasar la capilla, como habrá observado, el arroyo que baja de los pantanos se junta al riachuelo que sigue la curva de la cañada). Cumbres Borrascosas se elevaba por encima de aquella neblina plateada, pero nuestra vieja casa quedaba oculta, más bien hundida al otro lado. Tanto la habitación y sus ocupantes, como el panorama que contemplaban, parecían maravillosamente apacibles. A regañadientes no me atreví a dar el recado, y de hecho ya me iba sin decirlo, después de haber hecho la pregunta de las velas, cuando una sensación de mi desatino me hizo volver y murmuré:

—Una persona de Gimmerton quiere verla, señora.

—¿Qué quiere? —preguntó la señora Linton.

—No se lo pregunté —respondí.

—Bueno, corre las cortinas, Nelly —dijo ella—, y sube el té. Vuelvo enseguida.

Ella salió de la habitación. El señor Linton preguntó distraídamente quién era.

—Alguien que la señora no espera —respondí—. Aquel Heathcliff… usted le recordará, señor… que vivía en casa de los Earnshaw.


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