Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—¡Cómo! ¿El gitano… el mozo de labranza? —exclamó—. ¿Por qué no se lo dijiste a Catherine?

—Calle, señor, no debe llamarle esas cosas —le dije yo—. Ella se disgustaría mucho si le oyera. Por poco se muere cuando se marchó. Me figuro que su vuelta le dará una gran alegría.

El señor Linton se fue a la ventana del otro lado de la habitación que daba al patio. La abrió y se asomó. Supongo que estaban abajo, porque exclamó rápidamente:

—¡No te quedes ahí, cariño! Haz pasar a esa persona, si es alguien especial.

Al poco rato oí el clic del picaporte y Catherine corrió escaleras arriba, alborotada y sin aliento, demasiado excitada para mostrar alegría, es más, por su semblante se podía inferir una terrible calamidad.

—¡Oh, Edgar, Edgar! —jadeaba, echándole los brazos al cuello—. ¡Oh, Edgar, cariño! ¡Heathcliff ha vuelto… es él!, —y le estrechaba entre sus brazos hasta estrujarle.

—Bueno, bueno —exclamó el marido enfadado—. ¡No me estrangules por eso! Nunca me pareció un tesoro tan maravilloso. ¡No hay por qué ponerse frenético!

—Ya sé que tú no le querías —respondió, reprimiendo un poco la intensidad de su alegría—. Pero ahora tenéis que ser amigos por mí. ¿Le digo que suba?


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