Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Aqu� —dijo él—. ¿A la salita?
—¿Adónde, si no?
Pareció molesto y sugirió la cocina como un sitio más adecuado para él. La señora Linton le miró con una expresión rara, medio enfadada, medio riéndose por su puntillosidad.
—No —añadió al cabo de un rato—. No puedo estar en la cocina. Pon dos mesas aquÃ, Ellen: una para tu amo y para la señorita Isabella, que son la aristocracia, y otra para Heathcliff y para mÃ, que somos la clase baja. ¿Te parece bien, cariño? ¿O me tienen que encender fuego en otra parte? Si es asÃ, da las órdenes. Yo corro a buscar a mi invitado. ¡Temo que la alegrÃa sea demasiado grande para ser real!
Iba a salir corriendo, pero Edgar la detuvo.
—¡DÃgale que suba! —dijo, dirigiéndose a m× y, ¡Catherine, procura estar alegre sin ser absurda! No hay por qué dar a toda la casa el espectáculo de recibir a un criado prófugo como si fuera un hermano.