Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Bajé y encontré a Heathcliff esperando bajo el porche, previendo evidentemente la invitación para entrar. Me siguió sin malgastar palabras y le llevé en presencia del señor y de la señora, cuyas mejillas encendidas traicionaban una acalorada conversación. Pero las de la señora brillaron con otro sentimiento cuando su amigo apareció en la puerta. Corrió hacia él, le cogió las dos manos y le llevó hacia Linton, luego cogió los remisos dedos de su marido y los apretó contra los de aquél. En aquel momento, iluminado de lleno por el fuego y la luz de las velas, me asombró, más que nunca, contemplar la transformación de Heathcliff. Se había convertido en un hombre alto, atlético, bien formado, al lado del cual mi amo parecía muy delgado y como adolescente. Su erguido porte sugería la idea de que había estado en el ejército. Su semblante tenía la expresión más madura y mayor firmeza de facciones que el del señor Linton, parecía inteligente y no conservaba huellas de su antigua degradación. Una ferocidad a medio civilizar se ocultaba aún en las abatidas cejas y en el oscuro fuego que rebosaban los ojos, pero estaba contenida, y sus modales eran incluso dignos, desprovistos de rudeza, aunque demasiado rígidos para ser elegantes. La sorpresa de mi amo igualó o sobrepasó la mía. Estuvo durante un minuto sin saber cómo dirigirse al mozo de labranza, como le había llamado. Heathcliff dejó caer su delgada mano y se le quedó mirando fríamente hasta que se decidió a hablar.