Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Siéntese, señor —dijo al fin—. La señora Linton, recordando viejos tiempos, ha querido que le reciba cordialmente y, por supuesto, me satisface cuando ocurre algo que le agrada.
—Y a mà también —respondió Heathcliff—, especialmente si en ese algo tengo yo parte. Me quedaré una hora o dos con mucho gusto.
Tomó asiento frente a Catherine, que mantenÃa la mirada fija en él como si tuviera miedo de que se esfumara si la apartaba. Él no la miraba demasiado; una rápida ojeada de vez en cuando era suficiente, pero cada vez reflejaba más arrogancia el inequÃvoco deleite que le producÃa el encontrarse con la mirada de ella. Estaban ambos demasiado absortos en su mutua alegrÃa para sentir turbación. No asà el señor Edgar, que se puso pálido de puro enojo, sentimiento que llegó al colmo cuando su mujer se levantó y cruzando la alfombra que les separaba cogió de nuevo las manos de Heathcliff y se echó a reÃr como una loca.
—¡Mañana me parecerá un sueño! —exclamó—. No podré creer que te he visto, tocado y que he hablado contigo una vez más. Pero con todo, ¡Heathcliff cruel!, no mereces esta bienvenida. ¡Estar ausente y sin decir nada durante tres años y no pensar nunca en mÃ!