Cumbres Borrascosas

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Y se quedó mirando al objeto de la conversación, como el que mira a un extraño animal repulsivo, un ciempiés de las Indias, por ejemplo, al que se mira con curiosidad a pesar de la aversión que suscita. La pobrecita no pudo soportarlo y se puso pálida y roja en rápida sucesión, y mientras las lágrimas bordaban sus pestañas, aplicó la fuerza de sus frágiles dedos para aflojar el fuerte agarre de Catherine y, viendo que con la misma rapidez que levantaba un dedo de su brazo, otro lo cogía y que no podía retirarlos todos a la vez, empezó a hacer uso de sus afiladas uñas que pronto adornaron con medias lunas rojas la mano de la opresora.

—¡Es una tigresa! —exclamó la señora Linton, liberándola y sacudiéndose la mano con dolor—. ¡Vete, por amor de Dios, y esconde esa cara de arpía! Qué tonta eres enseñándole a él esas garras. ¿No te imaginas las conclusiones que sacará? Mira, Heathcliff, ésos son los instrumentos de suplicio… ten cuidado con tus ojos.

—Se las arrancaré de los dedos si me amenaza alguna vez —contestó él brutalmente cuando se cerró la puerta tras ella—. Pero ¿qué te proponías al burlarte de la criatura de esa manera, Cathy? No hablabas en serio ¿verdad?


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