Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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—Si fueran míos no lo serían menos —dijo Heathcliff—, pero, aunque Isabella sea tonta, no está tan loca. Y, abreviando, abandonaremos el asunto como tú aconsejas.

De sus lenguas lo apartaron, y Catherine, probablemente, de sus pensamientos. Pero el otro, estoy segura, lo recordó a menudo en el transcurso de la tarde. Le vi sonreír para sí —una mueca más bien— y caer en siniestras cavilaciones siempre que la señora Linton se ausentaba de la habitación.

Decidí vigilar sus movimientos. Mi corazón invariablemente se inclinaba del lado del amo, en preferencia al de Catherine. Con razón, me imaginaba, porque era amable, sincero y honorable, y ella, no podía decirse que fuera lo opuesto, pero parecía permitirse tan amplias licencias, que yo tenía poca fe en sus principios, y aún menos simpatía por sus sentimientos. Deseaba que sucediera algo que tuviera el efecto de liberar, tranquilamente, tanto a Cumbres Borrascosas como a la Granja, del señor Heathcliff, dejándonos como estábamos antes de su llegada. Sus visitas eran una continua pesadilla para mí y sospecho que para mi amo también. Su estancia en las Cumbres significaba una opresión imposible de explicar. Sentía que Dios había abandonado a la oveja descarriada a sus propios y malvados extravíos y que una bestia mala merodeaba entre ella y el redil, esperando el momento de saltar y destruir.


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