Cumbres Borrascosas

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La conversación cesó. La señora Linton se sentó junto al fuego, sofocada y sombría. El genio que la movía se estaba volviendo intratable y ella no podía acallarlo ni controlarlo. Él se quedó de pie junto al hogar, con los brazos cruzados, cavilando en sus malos propósitos, y en esa posición les dejé para ir a buscar al amo, que estaba preguntándose qué retenía a Catherine tanto tiempo abajo.

—Ellen —dijo cuando entré—, ¿ha visto usted a la señora?

—Sí, está en la cocina, señor —respondí—. Está muy enojada por la conducta del señor Heathcliff y, desde luego, estoy convencida de que ya es hora de plantear sus visitas de otro modo. Es peligroso ser demasiado blando, y ya ve a lo que hemos llegado… Y le conté la escena del patio y, con toda la exactitud a que me atreví, la disputa subsiguiente al completo. Me figuré que no podía ser muy perjudicial para la señora Linton, a no ser que se perjudicara ella asumiendo la defensa de su invitado. Edgar Linton tuvo dificultades para escucharme hasta el final. Sus primeras palabras revelaron que no eximía de culpa a su mujer.

—¡Esto es insufrible! —exclamó—. ¡Es vergonzoso que le tenga por amigo y que me imponga a mí su compañía! Ellen, que vengan dos hombres de la sala de los criados. Catherine no estará más tiempo discutiendo con ese rufián… bastante la he consentido.


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