Cumbres Borrascosas

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Bajó, les pidió a los criados que esperaran en el pasillo y se dirigió, seguido por mí, a la cocina. Sus ocupantes habían reanudado su airada conversación. La señora Linton, al menos, le reñía con renovado vigor. Heathcliff se había ido a la ventana, con la cabeza baja, aparentemente algo acobardado por la violenta regañina. Fue el primero que vio al amo e hizo un rápido movimiento para que se callara, obedeciendo ella con brusquedad al descubrir el motivo de su insinuación.

—¿Qué es esto? —dijo Linton, dirigiéndose a ella—. ¿Qué idea tienes del decoro para seguir aquí, después del lenguaje que ha empleado contigo ese canalla? Supongo que como es su manera habitual de hablar, no le das importancia. Estás acostumbrada a su bajeza y quizá te imaginas que también yo puedo acostumbrarme.

—¿Has estado escuchando detrás de la puerta, Edgar? —preguntó el ama en un tono especialmente calculado para provocar a su marido, que implicaba a un tiempo indiferencia y desprecio por su irritación. Heathcliff, que había levantado los ojos al primer discurso, soltó una burlona risa al segundo, con el propósito, al parecer, de atraer hacia él la atención del señor Linton. Lo consiguió, pero Edgar no pensaba entretenerle con explosiones de cólera.


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