Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Dándome cuenta de mi metedura de pata, intenté arreglarla. PodÃa haber visto que la diferencia de edad entre ellos era demasiado grande para hacer probable que fueran marido y mujer. Él tenÃa unos cuarenta años, época de vigor mental en la que los hombres rara vez acarician la engañosa ilusión de que las muchachas se casen con ellos por amor; ese sueño está reservado sólo para solaz de nuestros años de decadencia. Ella no parecÃa llegar a los diecisiete.
Entonces se me ocurrió una idea… «El patán que está a mi lado, que bebe el té en tazón y come el pan con las manos sucias, puede que sea su marido: Heathcliff hijo, por supuesto. ¡He aquà las consecuencias de enterrarse en vida; se ha echado en brazos de ese grosero por pura ignorancia de que existen personas mejores! Una verdadera pena… Tengo que tener cuidado para que no se arrepienta de su elección». Esta última reflexión podrÃa parecer vanidosa, pero no lo era. Me pareció que mi vecino rayaba en lo repulsivo y sabÃa por experiencia que yo era pasablemente atractivo.
—La señora Heathcliff es mi nuera —dijo Heathcliff, corroborando mi conjetura. Y, al hablar, le dirigió una mirada muy especial, una mirada de odio, a no ser que tenga un conjunto de músculos faciales tan perversos que no interpreten, como los de todo el mundo, el lenguaje de su alma.