Cumbres Borrascosas

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Me di cuenta de que me estaba explicando con mucha torpeza. El amo frunció el entrecejo.

—¿No es nada, eh, Ellen Dean? —dijo seriamente—. ¡Tendrá que darme cuentas más claras por mantenerme ignorante de esto!

Tomó a su mujer en brazos y la miró con angustia.

Al principio no dio señales de reconocerle. Él era invisible a su abstraída mirada. Su delirio, sin embargo, no se había fijado y al dejar sus ojos de contemplar la oscuridad exterior, gradualmente, centró su atención en él, y se dio cuenta de quién la tenía en brazos.

—¡Ah!, ¿has venido, eres tú, Edgar Linton? —dijo con airada agitación—. Eres uno de esos seres a quienes siempre se encuentra cuando menos necesarios son y nunca cuando se les necesita. Supongo que ahora tendremos muchas lamentaciones —ya veo que sí—, pero no me apartarán de mi estrecha morada allá lejos, mi lugar de reposo, en el que estaré antes de que termine la primavera. Allí está, no entre los Linton, cuidado, bajo el techo de la capilla, sino al aire libre, con una lápida. ¡Y tú puedes hacer lo que te plazca, irte con ellos o venir conmigo!

—Catherine, ¿qué has hecho? —comenzó el amo—. ¿Ya no soy nada para ti? ¿Amas a ese miserable de Heath…?


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