Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Viendo que era inútil argumentar contra su locura, planeaba cómo podrÃa alcanzar algo para abrigarla sin dejar de sujetarla (pues no podÃa confiar en ella, sola junto a la ventana abierta) cuando, para mi consternación, oà el ruido de la cerradura de la puerta y al señor Linton que entraba. No habÃa salido de la biblioteca hasta entonces y, al pasar por la puerta, oyó nuestra conversación y se vio atraÃdo por el temor o la curiosidad a averiguar qué significaba aquello a una hora tan tardÃa.
—¡Oh, señor! —grité, deteniendo la exclamación que le vino a los labios ante el espectáculo que se encontró y el desolado ambiente de la habitación—. Mi pobre señora está enferma, y me domina del todo, no puedo con ella. Por favor, venga a convencerla de que se vaya a la cama. Olvide su enfado, porque es muy difÃcil hacer nada con ella como no sea lo que ella quiera.
—¿Catherine enferma? —dijo, precipitándose hacia nosotras—. ¡Cierre la ventana, Ellen! ¡Catherine! ¿Por qué…?
Se quedó callado. El demacrado aspecto de la señora Linton le dejó mudo, y sólo pudo dirigir la mirada de ella a mÃ, con horrorizada perplejidad.
—Ha estado aquà muy inquieta —continué—, sin tomar apenas nada, sin quejarse nunca. No nos ha dejado entrar a ninguno de nosotros hasta esta tarde, asà que no podÃamos informarle de su estado, ya que nosotros mismos lo desconocÃamos, pero no es nada.