Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Al tercer dÃa la señora Linton descorrió el cerrojo de su puerta, porque habiéndose terminado el agua del cántaro y de la jarra, quiso que se le renovara la provisión, y también un tazón de caldo, porque se creÃa morir. Esas palabras las tomé como dirigidas a los oÃdos de Edgar, pero como yo no creÃa nada semejante, las guardé para mà y le llevé un poco de té con tostadas. Comió y bebió con avidez y volvió a hundirse en la almohada, con las manos apretadas, y gimiendo.
—Oh, quiero morirme —exclamó—, puesto que a nadie le importo nada. Ojalá no hubiera tomado eso.
Un buen rato después la oà murmurar:
—¡No, no quiero morirme… se alegrarÃa… no me quiere nada… nunca me echarÃa de menos!
—¿Necesita algo, señora? —pregunté, conservando todavÃa mi compostura externa a pesar de su aspecto fantasmal y su actitud exagerada y extraña.
—¿Qué hace ese ser apático? —preguntó, apartando de su demacrado rostro los rizos espesos y enmarañados—. ¿Ha caÃdo en un letargo o se ha muerto?
—Ni una cosa ni otra —respond×, si se refiere usted al señor Linton. Está bastante bien, creo, aunque sus estudios le ocupan más de lo que deberÃan. Está continuamente entre sus libros, ya que no tiene otra compañÃa.