Cumbres Borrascosas

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No habló, ni la soltó durante unos cinco minutos, y aseguraría que le dio más besos en ese tiempo que los que había dado en toda su vida. Pero fue mi ama la que le besó primero, y vi claramente que, de puro dolor, él apenas podía soportar mirarla a la cara. Desde el instante en que la vio le había sobrecogido la misma convicción que a mí de que allí no había ninguna esperanza de una verdadera recuperación… estaba destinada, indudablemente, a morir.

—¡Oh, Cathy! ¡Oh, vida mía! ¿Cómo podré soportarlo? —fueron las primeras palabras que pronunció, en un tono que no intentaba disimular su desesperación. Y la miró entonces con tal avidez que pensé que la misma intensidad de la mirada traería lágrimas a sus ojos, pero ardieron de angustia, no se humedecieron.

—¿Y ahora qué? —dijo Catherine, echándose hacia atrás y devolviéndole la mirada con un ceño súbitamente fruncido, pues su humor era una pura veleta de caprichos en constante variación—. ¡Tú y Edgar me habéis destrozado el corazón, Heathcliff! ¡Y los dos me venís a lamentaros del hecho como si fuerais a los que había que compadecer! Pero no te compadeceré, no. Me has matado… y creo que te ha sentado bien. ¡Qué fuerte eres! ¿Cuántos años piensas vivir después de que me haya ido?


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