Cumbres Borrascosas

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—Póngase el sombrero y a casa inmediatamente —dije yo—. Estoy terriblemente enfadada con usted, señorita Cathy, ha hecho muy mal. Es inútil hacer pucheros y llorar, eso no compensará el disgusto que me ha dado recorriendo el campo en su busca. Pensar lo que me encareció el señor Linton que no la dejara salir de casa, ¡y usted escapándose así! Demuestra que es una zorrilla taimada y nadie volverá a confiar más en usted.

—¿Que he hecho? —sollozó, paralizada al instante—. Papá no me encargó nada, y no me riñe, Ellen. ¡Ni se enfada nunca como tú!

—¡Vamos, vamos! —repetí—. Le ataré la cinta. Ahora dejémonos de petulancias. ¡Oh, qué vergüenza! ¡Trece años y tan infantil!

La causa de esta exclamación fue que se había quitado el sombrero y huido hacia la chimenea, fuera de mi alcance.

—No —dijo la sirvienta—. No sea dura con la guapa jovencita, señora Dean. Nosotros la detuvimos. Ella quería seguir su camino por miedo a que usted se inquietara. Pero Hareton se ofreció a acompañarla y me pareció que debía hacerlo. El camino es abrupto por las colinas.

Hareton, durante la discusión, estaba con las manos en los bolsillos, demasiado incómodo para hablar, aunque parecía que no le había hecho ni pizca de gracia mi intrusión.


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