Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Cuánto tiempo tendré que esperar? —continué, sin hacer caso de la interferencia de la mujer—. Dentro de diez minutos será de noche. ¿Dónde está el poni, señorita Cathy? ¿Dónde está Phoenix? La dejaré aquà si no se da prisa, asà que haga lo que le plazca.
—El poni está en el patio —respondió—, y Phoenix está encerrado allÃ. Le han mordido, y también a Charlie. Iba a contártelo todo, pero estás de mal humor y no mereces oÃrlo.
Recogà el sombrero y me acerqué para volver a ponérselo, pero, percatándose de que la gente de la casa estaba de su parte, empezó a correr y a saltar por la habitación y, al perseguirla yo, corrÃa como un ratón por encima, por debajo y por detrás de los muebles, convirtiendo en ridÃcula mi persecución. Hareton y la mujer se reÃan y ella se les unió, aumentando aún más su impertinencia, hasta que grité muy indignada:
—Bueno, señorita Cathy, si supiera de quién es esta casa, estarÃa muy contenta de marcharse.
—Es de tu padre, ¿no es verdad? —dijo, volviéndose a Hareton.
—No —respondió él, bajando la vista y sonrojándose tÃmidamente. No pudo mantener la mirada fija en los ojos de ella, aunque eran sus mismos ojos.
—De quién, entonces… ¿de tu amo? —preguntó Catherine.