Cumbres Borrascosas

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Hareton se ruborizó más, pero ahora con un sentimiento distinto de la vergüenza, masculló un juramento y se dio la vuelta.

—¿Quién es su amo? —continuó la pesada chica, dirigiéndose a mí—. Hablaba de «nuestra casa» y de «nuestra familia». Creí que era el hijo del dueño. Nunca me llamó «señorita», debería haberlo hecho si es un criado, ¿no es verdad?

Hareton se puso negro como una nube de tormenta ante aquel razonamiento infantil. Sacudí en silencio a mi preguntona y, al fin, conseguí prepararla para la partida.

—Ahora, tráeme mi caballo —dijo, dirigiéndose a su desconocido pariente como lo hubiera hecho a los mozos de cuadra de la Granja—. Y puedes venir conmigo. Quiero ver en qué sitio de la ciénaga aparece el cazador de duendes, y saber más de las «hadinas», como tú las llamas, pero date prisa. ¿Qué pasa? Te he dicho que me traigas el caballo.

—¡Antes te veré condenada que ser tu criado! —gruñó el muchacho.

—¿Me verás qué? —preguntó Catherine sorprendida.

—¡Condenada… bruja descarada! —replicó él.

—¡Ahí tiene, señorita Cathy! Ya ve que ha caído en buena compañía —interrumpí—. ¡Bonitas palabras para decírselas a una joven! Por favor, no empiece a discutir con él. Vamos, recojamos a Minny nosotras mismas y marchémonos.


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