Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Pero, Ellen —gritó, mirando fijamente y paralizada de estupor—. ¿Cómo se atreve a hablarme él de ese modo? ¿No se le puede obligar a que haga lo que le digo? ¡Malvado, le contaré a papá lo que has dicho… ya verás!
A Hareton no pareció afectarle mucho la amenaza, asà que a ella le brotaron de los ojos lágrimas de indignación.
—¡Traiga el poni —exclamó, volviéndose a la mujer—, y suelte a mi perro ahora mismo!
—Calma, señorita —respondió la mujer—. No perderá nada siendo cortés. Porque aunque el señor Hareton no sea hijo del amo, es primo de usted, y a mà nunca me contrataron para servirla.
—¡Él mi primo! —gritó Cathy con risa despectiva.
—SÃ, desde luego —respondió su reprensora.
—¡Oh, Ellen! ¡No les dejes decir esas cosas! —continuó muy turbada—. Papá ha ido a buscar a mi primo a Londres, mi primo es hijo de un caballero. Ése, mi… —se detuvo y rompió a llorar, disgustada ante la simple idea del parentesco con semejante patán.
—¡Calle, calle! —susurré—. Se pueden tener muchos primos y de todas las clases, señorita Cathy, sin que por ello seamos peores, sólo que no hace falta mantener su amistad cuando son desagradables y malos.