Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Con insulsa desgana apoye la cabeza contra la ventana y continué deletreando: Catherine Earnshaw… Heathcliff… Linton, hasta que se me cerraron los ojos. Pero no había descansado ni cinco minutos, cuando unas deslumbradoras letras blancas, vívidas como espectros, surgieron de la oscuridad… el aire estaba lleno de Catherines. Al levantarme para disipar aquel nombre molesto, vi que la mecha de mi vela se había reclinado sobre uno de los viejos volúmenes y estaba perfumando el aire con olor a cuero quemado. Despabilé la vela y como me sentía muy incómodo a causa del frío y de una náusea persistente, me incorporé y abrí el deteriorado volumen sobre mis rodillas. Era una Biblia impresa en letra pequeña y que olía terriblemente a humedad. Una guarda tenía la inscripción: «Libro de Catherine Earnshaw», y una fecha de hacía un cuarto de siglo. Lo cerré y cogí otro, y otro más, hasta que los hube visto todos. La biblioteca de Catherine era selecta y su estado de deterioro demostraba que había sido muy usada, aunque no siempre con fines legítimos: apenas un capítulo había escapado a los comentarios a pluma —al menos eso parecían—, que ocupaban todo el espacio en blanco dejado por el impresor. Algunos eran frases sueltas, otros adoptaban la forma de un asiduo diario, garrapateado por una inmadura mano infantil. En la parte superior de una página extra (probablemente un verdadero tesoro cuando la descubrió) me divirtió mucho contemplar una excelente caricatura de mi amigo Joseph esbozada toscamente, pero con mucha fuerza. Prendió en mí un inmediato interés por la desconocida Catherine, y empecé enseguida a descifrar sus borrosos jeroglíficos.