Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Mientras me guiaba escaleras arriba, me aconsejó que ocultara la vela y que no hiciera ruido, porque su amo tenía ideas muy raras sobre la alcoba en la que me iba a instalar, y nunca dejaba de buen grado que nadie se alojara allí. Le pregunté la razón. Respondió que no lo sabía, que sólo hacía un año o dos que vivía allí, y que tenían tantas rarezas que ya no podía empezar a ser curiosa.
Demasiado aturdido para ser, a mi vez, curioso, cerré la puerta y miré alrededor en busca de la cama. Todo el mobiliario consistía en una silla, un armario y una gran caja de roble con unas aberturas cuadradas en la parte de arriba parecidas a ventanillas de coche. Acercándome a aquel artefacto, miré dentro y vi que era una rara especie de cama antigua, convenientemente diseñada para soslayar la necesidad de que cada miembro de la familia tuviera una habitación propia. De hecho, formaba un pequeño gabinete y la repisa de la ventana, a la que estaba adosado, le servía de mesa. Descorrí los tableros laterales, entré con mi luz, los corrí de nuevo, y me sentí seguro contra la vigilancia de Heathcliff y de todos los demás.
