Cumbres Borrascosas

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«¡Un domingo horrible! —empezaba el párrafo que venía debajo—. Ojalá mi padre volviera a estar con nosotros. Hindley es un sustituto detestable. Su comportamiento con Heathcliff es atroz. Heathcliff y yo vamos a rebelarnos. Dimos el primer paso esta tarde.

»Ha estado diluviando todo el día. No pudimos ir a la iglesia, así que Joseph se vio obligado a montar un servicio religioso en el desván, y mientras que Hindley y su mujer disfrutaban abajo de un buen fuego, haciendo cualquier cosa menos leer sus biblias —respondo de ello—, a Heathcliff, a mí y al desgraciado mozo de labranza nos mandaron coger nuestros devocionarios y subir. Nos colocaron en fila sobre un saco de grano, gimiendo y tiritando, y deseando que Joseph tiritara también para que, en su propio interés, nos diera un sermón corto. ¡Vana esperanza! El servicio duró exactamente tres horas, y todavía mi hermano tuvo la cara de decir cuando nos vio bajar: «Qué, ¿ya está?». Los domingos por la tarde acostumbraban a dejarnos jugar a condición de que no hiciéramos mucho ruido, ahora una simple risita basta para que nos manden a un rincón.

»“Olvidáis que tenéis aquí un amo” —dice el tirano—. “¡Haré pedazos al primero que me saque de mis casillas! Insisto en que quiero seriedad y silencio absolutos. ¡Muchacho!, ¿has sido tú? Frances, querida, tírale de los pelos al pasar, le oí hacer chasquear los dedos”. Frances le tiró de los pelos con todas las ganas y luego fue a sentarse en las rodillas de su esposo, y allí estuvieron una hora, como dos críos, besándose y diciendo tonterías, estúpida palabrería de la que habría que avergonzarse.

»Nos pusimos todo lo cómodos que pudimos bajo el arco del aparador. Acababa yo de atar nuestros delantales y de colgarlos a modo de cortina, cuando llega Joseph de los establos en busca de algo, arranca mi labor, me da de bofetadas y grazna:

»—¡Acabamos de enterrar al amo, no ha terminado el domingo, las palabras del Evangelio todavía resuenan en vuestros oídos, y os atrevéis a jugar! ¡Vergüenza debería daros! ¡Sentaos, niños malos! ¡Os sobran libros buenos si queréis leerlos! ¡Sentaos y pensad en vuestras almas!

»Diciendo esto, nos obligó a sentarnos de tal manera que pudiéramos recibir del lejano fuego un pálido rayo que nos permitiera ver el texto del mamotreto que nos tiró. No pude aguantar aquella tarea. Cogí el mugriento volumen por el lomo y lo tiré a la perrera, jurando que aborrecía los libros buenos. Heathcliff tiró el suyo de un puntapié al mismo sitio. ¡Entonces se armó la bronca!

»—¡Señor Hindley! —gritó nuestro capellán—. ¡Señor, venga aquí! ¡La señorita Catherine ha roto el lomo de El yelmo de la salvación, y Heathcliff ha puesto la pezuña en la primera parte de El ancho camino de la perdición! Es terrible que les deje usted seguir así. ¡Oh, vaya si el viejo les habría dado su merecido… pero está muerto!

»Hindley dejó precipitadamente su paraíso junto al fuego y, cogiendo a uno de nosotros por el cuello y al otro por el brazo, nos echó a los dos a la cocina, donde, aseguró Joseph, el diablo vendría a por nosotros, tan seguro como que estábamos vivos. Consolados de esta manera, cada uno buscó un rincón aparte para esperar su llegada. Cogí este libro y un tintero de un estante, entreabrí un poco la puerta de la sala para tener luz y me he pasado escribiendo veinte minutos, pero mi compañero está impaciente y propone que nos apoderemos de la capa de la lechera y que, protegidos con ella, hagamos una escapada a los páramos. Una buena idea… y así, si viene el viejo malas pulgas creerá que se ha cumplido su profecía… Bajo la lluvia no estaremos más húmedos, ni más fríos de lo que estamos aquí».


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