Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Al día siguiente de la inesperada visita de Isabella no tuve oportunidad de hablar con mi amo. Evitaba toda conversación y no estaba para discutir nada. Cuando conseguí que me escuchara, vi que le agradaba que su hermana hubiera dejado a su marido, a quien aborrecía con una intensidad que la dulzura de su carácter apenas parecía permitir. Tan honda y sensible era su aversión que se abstenía de ir a cualquier parte donde fuera probable que viera a Heathcliff u oyera hablar de él. El dolor junto con eso, le convirtió en un verdadero ermitaño. Abandonó su cargo de magistrado, dejó incluso de ir a la iglesia, evitaba el pueblo en todas las ocasiones y pasaba su vida en completa reclusión dentro de los límites del parque y de sus tierras, sólo variada por solitarios paseos por los páramos y visitas a la tumba de su esposa, casi siempre al atardecer o temprano por la mañana, antes de que anduvieran por allí otros paseantes. Pero era demasiado bueno para ser del todo infeliz por mucho tiempo. No rezaba para que el alma de Catherine le persiguiera. El tiempo le trajo la resignación y una melancolía más dulce que la alegría corriente. Acariciaba su memoria con amor tierno y ardiente y, esperanzado, aspiraba a ese mundo mejor, adonde no dudaba que había ido ella.