Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Heathcliff, después de mirar a su hijo fijamente, hasta dejarle febrilmente confuso, soltó una despectiva carcajada.
—¡Dios mÃo! ¡Qué belleza! ¡Qué cosa más preciosa y encantadora! —exclamó—. ¿Lo han criado a base de caracoles y leche ácida, Nelly? ¡Oh, maldita sea mi alma! ¡Es peor de lo que me esperaba… y el diablo sabe que no me habÃa hecho ilusiones!
Le dije al tembloroso y aturdido niño que se bajara y entrara. No entendió bien el significado de las palabras de su padre, ni si se referÃan a él, es más, no estaba ni siquiera seguro de que aquel extraño, sombrÃo y sarcástico, fuera su padre, sino que se agarró a mà cada vez más atemorizado y al tomar asiento el señor Heathcliff y decirle «ven aquû, escondió la cara en mi hombro y se echó a llorar.
—¡Vamos, vamos! —dijo Heathcliff alargando una mano y arrastrándolo bruscamente hasta sus rodillas y levantándole luego la cabeza por el mentón—. ¡Nada de tonterÃas! No te vamos a hacer daño, Linton… ¿no es ése tu nombre? ¡Eres el vivo retrato de tu madre, del todo! ¿Dónde está mi parte en ti, polluelo llorón?
Le quitó la gorra y echó atrás sus espesos rizos rubios, palpó sus flacos brazos y sus finos dedos. Durante este examen Linton dejó de llorar y levantó sus grandes ojos azules para inspeccionar al inspector.