Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Confieso que este golpe fue para mí más duro que la impresión de la muerte de la señora Linton. Antiguos recuerdos seguían vivos en mi corazón. Me senté en el porche y lloré como por un pariente cercano, mientras rogaba al señor Kenneth que buscara otro criado para que le anunciara al amo. No podía dejar de dar vueltas a la pregunta: «¿habían jugado limpio con él?». Hiciera lo que hiciera, esa idea me preocupaba, y resultó tan tediosamente pertinaz que me decidí a pedir permiso para ir a Cumbres Borrascosas y ayudar en los últimos deberes para con el muerto. El señor Linton fue sumamente reacio a consentir, pero alegué con elocuencia la desamparada situación en que quedaba el difunto, y le dije que mi anterior amo y hermano de leche tenía tanto derecho a mis servicios como él. Además, le recordé que aquel niño, Hareton, era sobrino de su esposa y que, a falta de un pariente más cercano, él debería ser su tutor, y debía y tenía que averiguar cómo había quedado la propiedad y cuidar de los intereses de su cuñado. Entonces no se encontraba en condiciones de ocuparse de tales asuntos, pero me pidió que hablara con su abogado y al fin me dio permiso para ir. Su abogado había sido el de Earnshaw también. Fui al pueblo y le pedí que me acompañara. Negó con la cabeza y me aconsejó que a Heathcliff había que dejarle en paz, afirmando que si se supiera la verdad, Hareton resultaría ser poco más que un mendigo.