Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El chico estuvo completamente entregado a sus propios pensamientos el resto del viaje, hasta que nos detuvimos ante la verja del jardÃn de las Cumbres. Le observé para captar en el rostro sus impresiones. Examinó con solemne intensidad las esculturas de la fachada y las ventanas sombrÃas, los dispersos arbustos de grosella, los retorcidos abetos, y luego movió negativamente la cabeza. Sus sentimientos Ãntimos desaprobaban por completo el exterior de su nueva morada, pero tuvo el buen sentido de posponer sus quejas, quizá hubiera compensaciones en el interior. Antes de que desmontara, fui a abrir la puerta. Eran las seis y media. La familia acababa de desayunar. La criada estaba recogiendo y limpiando la mesa. Joseph, de pie junto a la silla de su amo, le contaba algo de un caballo cojo, y Hareton se preparaba para ir al campo de heno.
—¡Hola, Nelly! —gritó el señor Heathcliff cuando me vio—. Me temà que tendrÃa que ir yo mismo a buscar mi propiedad. Lo has traÃdo, ¿verdad? Veamos qué podemos hacer de él.
Se levantó y fue a la puerta a zancadas. Hareton y Joseph le siguieron boquiabiertos de curiosidad. El pobre Linton recorrió con ojos asustados los rostros de los tres.
—¡Está claro —dijo Joseph, después de una grave inspección— que se lo ha cambiado, amo, y aquà le ha enviado a su hija!