Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Yo hubiera preferido que hubiera ido él a buscar al médico. Yo habrÃa atendido al amo mejor que él… y no estaba muerto cuando le dejé, ¡nada de eso!
Insistà en que el entierro fuera respetable. El señor Heathcliff dijo que también ahà podÃa hacer lo que me pareciera, sólo querÃa que recordara que el dinero salÃa de su bolsillo. Mantuvo un talante duro, indiferente, que no indicaba ni alegrÃa ni dolor. Si es que expresaba algo, era una empedernida satisfacción por haber realizado con éxito un trabajo difÃcil. En una ocasión, desde luego, observé en su aspecto algo como júbilo. Fue justo cuando sacaban el ataúd de la casa. Tuvo la hipocresÃa de ponerse de luto y, antes de seguir el duelo con Hareton, levantó al desdichado niño sobre la mesa y masculló con especial placer:
—Ahora, mi guapo jovencito, eres mÃo, y veremos si un árbol no crece tan torcido como otro con el mismo viento para doblarlo. A la inocente criatura le complacieron aquellas palabras, jugaba con las patillas de Heathcliff y le golpeaba la mejilla, pero yo adiviné su significado y dije cortante:
—Este niño tiene que venir conmigo a la Granja de los Tordos, señor. ¡No hay nada en el mundo que le pertenezca menos a usted que él!
—¿Lo dice Linton? —preguntó.
—Desde luego, me ha ordenado que lo lleve conmigo.