Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Bueno —dijo el canalla—. No discutiremos el asunto ahora, pero tengo el capricho de probar mi mano en la educación de un joven, asà que indica a tu amo que si intenta llevárselo, tendré que reemplazarlo con el mÃo. No pienso dejar marchar a Hareton sin discusión, pero estoy muy seguro de hacer venir al otro. Acuérdate de decÃrselo.
Esta insinuación bastó para atarnos las manos. Le repetà lo esencial a mi vuelta, y Edgar Linton, poco interesado al principio, no habló más de interferir. No sé si, de haber estado dispuesto, su intervención hubiera servido de nada.
El intruso era ahora el amo de Cumbres Borrascosas. Mantuvo firme la posesión y probó al abogado —quien a su vez, lo probó al señor Linton—, que Earnshaw habÃa hipotecado hasta la última yarda de tierra que poseÃa por dinero en metálico para mantener su manÃa por el juego, y él, Heathcliff, era el acreedor. Y asà fue cómo Hareton, que debÃa ser ahora el primer propietario de la comarca, quedó reducido a un estado de completa dependencia del inveterado enemigo de su padre y vive en su propia casa como un criado, desprovisto de la ventaja de un salario, completamente incapaz de hacerse valer, a causa de su desamparo y su ignorancia de la injusticia de que ha sido vÃctima.