Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El verano brillaba en todo su esplendor y le cogió tanta afición a estos paseos solitarios que a menudo se las arreglaba para estar fuera desde el desayuno hasta el té, luego las tardes las pasaba contando sus fantásticas historias. Yo no temía que traspasara los límites, porque las verjas estaban generalmente cerradas y pensaba que muy difícilmente se aventuraría sola aunque estuvieran abiertas de par en par. Por desgracia mi confianza resultó infundada. Catherine vino una mañana a las ocho y dijo que ese día ella era un mercader árabe que iba a cruzar el desierto con su caravana, y que tenía que darle muchas provisiones para ella y sus animales, un caballo y tres camellos, representados por un enorme sabueso y un par de pointers. Reuní un buen acopio de golosinas en una cesta que colgué a un lado de la silla. Montó tan alegre como un hada, protegida del sol de julio por un sombrero de ala ancha y un velo de gasa y salió trotando con alegre risa, burlándose de mis cautos consejos de que evitara el galope y volviera a casa pronto. La picaruela no apareció a la hora del té. Uno de los viajeros, el sabueso, que era un perro viejo y amante de su comodidad, volvió, pero ni a Cathy, ni al poni, ni a los dos perros se les veía por ninguna parte. Mandé emisarios por este camino y por el otro, y al fin salí yo a buscarla a la aventura. Había un trabajador atareado con un seto alrededor de una plantación en los lindes de la finca. Le pregunté si había visto a nuestra señorita.