Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El señor Heathcliff, que había oído la conversación lo mismo que yo, sonrió al ver que se marchaba, pero enseguida echó una mirada de especial aversión a la frívola pareja que se quedó charlando en el umbral. El chico había encontrado animación suficiente para comentar los defectos y deficiencias de Hareton y contaba anécdotas de sus tejemanejes y la niña saboreaba sus impertinentes y rencorosos dichos sin considerar la maldad que ponían de manifiesto. Yo empecé a tener antipatía más que a sentir compasión hacia Linton y a disculpar a su padre, hasta cierto punto, por el desprecio que le tenía.
Nos quedamos hasta la tarde porque no pude arrancar de allí antes a la señorita Cathy, pero afortunadamente mi amo no había salido de su habitación y permaneció ignorante de nuestra prolongada ausencia. De regreso a casa, me hubiera gustado ilustrar a mi pupila respecto del carácter de las personas que acabábamos de dejar, pero se le metió en la cabeza que tenía prejuicios contra ellas.
—¡Ah! —exclamaba—, tú te pones del lado de papá, Ellen, eres parcial, ya lo sé, de lo contrario no me hubieras engañado durante tantos años con la idea de que Linton vivía muy lejos de aquí. Estoy realmente muy enfadada, sólo que de puro contenta, no puedo demostrar mi enfado. Pero tienes que tener la boca cerrada sobre mi tío. Es mi tío, recuerda, y voy a reñir a papá por pelearse con él.