Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Está bien —preguntó la señorita Cathy en serio—, o es tonto?, ¿no está bien? Le he hecho ya dos preguntas y cada vez puso tal cara de estúpido que creo que no me entiende. ¡Yo apenas le entiendo, la verdad!
Linton repitió su risa y miró burlonamente a Hareton, quien ciertamente no parecÃa comprender con mucha claridad en ese momento.
—No es más que pereza, ¿verdad, Earnshaw? —dijo—. Mi prima se figura que eres un idiota. Ahà tienes la consecuencia de despreciar el «aprender de los libros» como tú dices. ¿Te has dado cuenta, Catherine, de la horrible pronunciación de la región de York que tiene?
—Bueno, ¿y para qué diablos sirve? —gruñó Hareton, más dispuesto a responder a su compañero de todos los dÃas. Iba a seguir, pero los dos jóvenes estallaron en un ataque de risa. Mi atolondrada señorita estaba encantada de ver que aquel habla extraña podÃa convertirse en materia de diversión.
—¿Para qué sirven los diablos en esa frase? —rió Linton entre dientes—. Papá te ordenó que no dijeras palabrotas y no puedes abrir la boca sin decir alguna. Trata de comportarte como un caballero, anda.
—Si no fueras más una niña que un chico, te tumbarÃa ahora mismo, ¡miserable piltrafa! —replicó el enfadado patán, retirándose, mientras la cara le ardÃa de ira y de mortificación, porque era consciente de que le habÃan insultado, y no sabÃa cómo tomarlo.