Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Me negué rotundamente. Por fin terminó su expectación: el coche estaba a la vista. Cathy se puso a chillar y a extender los brazos en cuanto vio la cara de su padre mirando por la ventanilla. Bajó casi tan impaciente como ella, y pasó un buen rato antes de que pudieran pensar en nadie más que en ellos mismos. Mientras intercambiaban caricias, eché un vistazo dentro del coche para ocuparme de Linton. Estaba dormido en un rincón, envuelto en una abrigada capa, forrada de piel, como si fuera invierno. Era un chico pálido, delicado, afeminado, al que se podía haber tomado por hermano menor de mi amo, tan grande era su parecido, pero había en su aspecto una irritación enfermiza que Edgar Linton nunca tuvo. Este me vio mirando y, después de estrecharme la mano, me aconsejó que cerrara la portezuela y que no le molestara porque el viaje le había fatigado. Cathy tenía ganas de echarle un vistazo, pero su padre le dijo que fuera con él y caminaron juntos por el parque, mientras yo me adelantaba para avisar a los criados.
—Ten en cuenta, querida —dijo el señor Linton, dirigiéndose a su hija, cuando se pararon al pie de los escalones de la puerta principal—, que tu primo no es tan fuerte ni tan alegre como tú, y recuerda que ha perdido a su madre hace muy poco, por lo tanto, no esperes que juegue y corra por ahí contigo de inmediato, déjale tranquilo esta tarde al menos, ¿quieres?