Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Edgar Linton guardó silencio un minuto. Una expresión de profundo dolor veló su rostro. El niño ya le daba lástima a él, pero recordando las esperanzas y temores de Isabella, los angustiosos deseos respecto de su hijo y sus recomendaciones de que lo tomara a su cargo, le dolía amargamente la perspectiva de entregarlo, y buscaba en su corazón el medio de evitarlo. No se le ocurrió ningún plan. La mera exposición del deseo de retenerle hubiera hecho la reclamación más perentoria. No había más remedio que entregarlo. Pero no iba a despertarlo de su sueño.
—Dígale al señor Heathcliff —respondió con calma— que su hijo irá a Cumbres Borrascosas mañana. Ahora está en la cama y demasiado cansado para hacer el camino. Puede usted decirle también que la madre de Linton deseaba que quedara bajo mi tutela y que, en la actualidad, su salud es muy precaria.
—¡No! —dijo Joseph, dando un golpe en el suelo con el bastón y adoptando un aire autoritario—. ¡No! Eso no quiere decir nada. A Heathcliff no le importa la madre, ni usted tampoco, pero quiere tener a su hijo, y tengo que llevárselo… ¡así que ya lo sabe!
—No se lo llevará esta noche —contestó Linton con decisión—. Salga inmediatamente y repita a su amo lo que le he dicho. Ellen, acompáñale. Fuera…
Y cogiendo al indignado viejo por un brazo, le sacó de la habitación y cerró la puerta.