Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Catherine dio un beso a su padre y se puso tranquilamente a estudiar sus lecciones durante un par de horas como de costumbre. Luego le acompañó por la finca y todo el dÃa pasó con normalidad. Pero por la noche, cuando la niña se habÃa retirado a su habitación y fui a ayudarla a desnudarse, la encontré llorando, de rodillas unto a la cama.
—¡Oh, qué vergüenza, niña tonta! —exclamé—. Si tuviera penas de verdad se avergonzarÃa de desperdiciar una lágrima por esta pequeña contrariedad. No ha tenido nunca ni sombra de verdadero dolor, señorita Catherine. Supongamos por un instante que el amo y yo nos muriéramos y usted se quedara sola en el mundo… ¿qué sentirÃa entonces? Compare la situación actual con un dolor como ése y dé gracias por los amigos que tiene, en vez de codiciar más.
—No lloro por mÃ, Ellen —respondió—. Es por él. Esperaba volver a verme mañana, y ya ves, se quedará muy decepcionado. ¡Me esperará y yo no iré!
—TonterÃas —dije yo—. ¿Se imagina que él ha pensado tanto en usted como usted en él? ¿No tiene a Hareton de compañero? Ni una persona de cada cien llorarÃa por perder un pariente al que ha visto dos veces en dos tardes. Linton se imaginará lo que pasa y no se preocupará más por usted.