Cumbres Borrascosas

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—¿Pero no puedo escribirle una nota para decirle por qué no puedo ir? —preguntó, poniéndose de pie—. ¿Y sólo mandarle esos libros que prometí prestarle? Los suyos no son tan bonitos como los míos y tenía muchísimas ganas de verlos cuando le dije lo interesantes que eran. ¿No puedo, Ellen?

—No, desde luego que no —repliqué con decisión—. Luego él le escribiría a usted y no se acabaría nunca. No, señorita Catherine, las relaciones tienen que terminarse del todo, eso es lo que espera papá y me encargaré de que así sea.

—Pero cómo puede una notita… —empezó de nuevo con cara suplicante.

—¡Silencio! —interrumpí—. No empecemos con sus notitas. A la cama.

Me lanzó una mirada malévola, tan malévola que al principio no le di el beso de buenas noches. La tapé y cerré la puerta muy disgustada, pero, arrepintiéndome a mitad de camino, volví sin hacer ruido y, ¡vaya!, allí estaba la señorita ante la mesa con un papel en blanco delante de ella y un lápiz en la mano que escondió con aire de culpabilidad cuando entré.

—No encontrará a nadie que la lleve, Catherine —le dije—, aunque la escriba, y por de pronto le apagaré la vela.


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