Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Puse el apagavelas sobre la llama, recibiendo al hacerlo un revés en la mano y un petulante «¡Mala!». Entonces la dejé de nuevo y ella echó el cerrojo en uno de sus peores arrebatos de mal humor. Terminó la carta que llegó a su destino por medio de un lechero que venía del pueblo, pero eso yo no lo supe hasta algún tiempo después. Pasaron las semanas y Cathy recuperó su buen humor, pero se aficionó mucho a escabullirse sola por los rincones y, a menudo, si me acercaba súbitamente mientras leía, se sobresaltaba y se inclinaba sobre el libro, deseosa, evidentemente, de ocultarlo, y detecté extremos de papeles sueltos que sobresalían de las hojas. También cogió la costumbre de bajar temprano por la mañana y rondar por la cocina como si estuviera esperando la llegada de algo, y tenía un cajoncito en el escritorio de la biblioteca en el que se entretenía durante horas y cuya llave tenía un cuidado especial en quitar cuando se iba.