Cumbres Borrascosas

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—Si Linton muriera —respondí—, y su vida es muy incierta, Catherine sería la heredera.

—No, no lo sería —dijo él—. No hay ninguna cláusula en el testamento que lo asegure. Las propiedades de Linton me vendrían a mí. Pero para evitar disputas, deseo su matrimonio y estoy decidido a hacer que se realice.

—Y yo estoy decidida a que no vuelva nunca a acercarse a su casa conmigo —repliqué, al tiempo que llegábamos a la verja donde la señorita Cathy esperaba nuestra llegada.

Heathcliff me pidió que me calmara y, precediéndonos por el sendero, se apresuró a abrir la puerta. Mi señorita le echó varias miradas como si no supiera con exactitud qué pensar de él. Pero él sonrió al cruzarse su mirada y suavizó la voz al dirigirse a ella; y yo fui tan tonta como para imaginarme que el recuerdo de su madre le haría desistir de desear a la hija ningún mal. Linton estaba de pie junto al hogar. Había estado paseando por los campos, pues tenía la gorra puesta, y llamaba a Joseph para que le trajera zapatos secos. Estaba alto para su edad, al faltarle aún unos meses para los dieciséis años. Tenía todavía unas facciones bonitas, y los ojos y el cutis más radiantes de lo que recordaba, aunque con un lustre meramente pasajero, prestado por el aire puro y el sol agradable.


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