Cumbres Borrascosas

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»Una vez, sin embargo, estuvimos a punto de pelearnos. Dijo que la manera más agradable de pasar un cálido día de julio era estar tumbado de la mañana a la noche sobre una ladera de brezos en medio de los páramos, con las abejas zumbando soñolientas entre las flores, las alondras cantando en lo alto y un cielo azul y un sol reluciente, resplandeciendo imperturbable y sin nubes. Ésa era su idea más completa de la felicidad celestial. La mía era mecerse en un árbol verde y lleno de susurros, con el viento del oeste soplando y brillantes nubes blancas volando presurosas por encima; y no sólo alondras, sino también tordos, mirlos, pardillos y cucos, haciendo brotar su música por todos los lados, y los páramos viéndose a lo lejos, recortados por frescos y umbrosos sotos, pero muy cerca de ellos grandes oleadas de hierba alta ondulándose como las olas por la brisa, y bosques, y aguas cantarinas, y el mundo entero despierto y loco de alegría. Él quería que todo yaciera en un éxtasis de paz. Yo quería que todo chispeara y danzara en un glorioso jubileo. Le dije que su paraíso estaría vivo sólo a medias y respondió que el mío sería un paraíso borracho. Le contesté que me quedaría dormida en el suyo y aseguró que no podría respirar en el mío, y empezó a ponerse irritable. Al final convinimos en probar los dos tan pronto como llegara el buen tiempo, luego nos besamos y quedamos amigos.


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