Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »Al dÃa siguiente estaba triste, en parte porque tú te encontrabas mal y en parte porque deseaba que mi padre conociera y aprobara mis excursiones. Pero después del té salió una luna hermosa y, según cabalgaba, se fue disipando mi tristeza. Tendré otra tarde feliz —pensé para m× y lo que me alegra más es que mi querido Linton también la tendrá. Troté hasta su jardÃn y, estaba dando la vuelta hacia la parte de atrás, cuando salió a mi encuentro ese tal Hareton, cogió las bridas y me pidió que entrara por la puerta principal. Acarició el cuello de Minny y dijo que era un bonito animal y parecÃa como si quisiera que yo le hablara. Yo sólo le dije que dejara en paz a mi caballo si no querÃa recibir una coz. Contestó en su acento vulgar:
»—No me harÃa mucho daño si lo hiciera —y examinaba sus patas con una sonrisa. Casi me dieron ganas de hacer que lo probara, pero se apartó para abrir la puerta y al levantar el picaporte miró hacia la inscripción de arriba y dijo con una estúpida mezcla de torpeza y euforia:
»—¡Señorita Catherine, ya sé leer eso!
»—MagnÃfico —exclamé—. Oigámoslo, te lo ruego… ¡qué listo te estás volviendo!
»Deletreó, arrastrando lentamente las sÃlabas, el nombre: «Hareton Earnshaw».
»—¿Y los números? —exclamé alentadoramente, viendo que se habÃa parado en seco.