Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »—Aún no sé leerlos —respondió.
»—¡Oh, qué tonto! —dije, riéndome con ganas de su fracaso.
»El bobo me miró, con una mueca asomándole a los labios y el ceño frunciéndosele sobre los ojos, como sin saber si no debÃa unirse a mis risas, si no serÃa una grata familiaridad o lo que realmente era, desprecio. Aclaré sus dudas recobrando repentinamente la seriedad y diciéndole que se marchara, porque iba a ver a Linton, no a él. Se sonrojó —lo vi a la luz de la luna—, quitó la mano del picaporte y se escabulló, viva imagen de la vanidad mortificada. Supongo que se creÃa tan culto como Linton porque sabÃa deletrear su propio nombre y se quedó tremendamente desconcertado de que yo no pensara lo mismo.