Cumbres Borrascosas

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Pero cuando procedía hacer sitio con el atizador, el sacrificio fue demasiado penoso de soportar y me suplicó angustiosamente que reservara una o dos.

—¡Una o dos, Ellen, por el amor de Linton!

Desaté el pañuelo y empecé a tirarlas desde una esquina y la llama serpenteaba chimenea arriba.

—¡Me quedaré con una, cruel desgraciada! —chilló, metiendo la mano en el fuego y sacando unos fragmentos medio consumidos, a costa de sus dedos.

—Muy bien… y yo también me quedaré con alguna para enseñársela a papá —respondí, volviendo a meter el resto en el pañuelo y dirigiéndome a la puerta.

Vació sus ennegrecidos fragmentos en las llamas y me indicó que terminara la inmolación. Lo hice. Removí las cenizas y las enterré bajo una paletada de carbón. En silencio y con una sensación de profundo agravio, se retiró a su habitación. Bajé a decirle a mi amo que la indisposición de la señorita casi había desaparecido, pero que me parecía mejor que descansara un rato. No comió, pero reapareció a la hora del té, pálida, con los ojos enrojecidos y extraordinariamente dominada en su aspecto exterior. A la mañana siguiente contesté la carta por medio de un trozo de papel que decía: «Se ruega al señorito Heathcliff que no envíe más notas a la señorita Linton porque no las recibirá». Y, en adelante, el chico vino con los bolsillos vacíos.


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