Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Llegó a su fin el verano y el principio del otoño. Había pasado ya San Miguel, pero la cosecha fue tardía aquel año y algunos de nuestros campos estaban aún sin segar. El señor Linton y su hija salían con frecuencia a pasear entre los segadores. El día que acarrearon las últimas gavillas, se quedaron hasta el atardecer y, como la noche era fría y húmeda, mi amo cogió un fuerte catarro que se le agarró tenazmente en los pulmones y le retuvo en casa todo el invierno, casi sin interrupción.
La pobre Cathy, asustada desde su breve romance, había estado considerablemente más triste y taciturna desde que lo abandonó. Y su padre insistía en que leyera menos y que hiciera más ejercicio. Al no disponer ya de su compañía, consideré un deber suplir su falta, en la mayor medida posible, con la mía, una sustitución ineficaz, porque no podía sacar más que dos o tres horas de mis numerosas ocupaciones diurnas para seguir sus pasos, y además mi compañía era, obviamente, menos codiciada que la de su padre.
