Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »SabÃa ya que no debÃa molestarle, puesto que estaba enfermo. Le hablé dulcemente, no le hice ninguna pregunta y evité irritarle de cualquier forma. Le habÃa llevado algunos de mis libros más bonitos. Me pidió que le leyera algo de uno de ellos y estaba a punto de hacerlo cuando Earnshaw entró de un portazo, después de haber acumulado veneno con sus reflexiones. Vino derecho a nosotros, cogió a Linton por un brazo y lo echó de su asiento.
»—¡Vete a tu habitación! —dijo, con una voz casi inarticulada por la ira y el semblante congestionado y furioso—. Llévatela allà si es que viene a verte a ti. No me sacaréis de aquÃ. ¡Fuera los dos!
»Nos maldijo y sin darle tiempo a Linton a contestar, casi le arrojó a la cocina, y cuando le seguà cerró el puño al parecer deseando derribarme de un puñetazo. Tuve miedo por un momento y se me cayó un libro. Me lo tiró de una patada y cerró la puerta. Oà una risa maligna y cascada junto al fuego y, volviéndome, vi a este odioso Joseph, que se encontraba de pie frotándose las huesudas manos y temblando.
»—¡Estaba seguro de que os echarÃa! ¡Es un gran chico! ¡Está consiguiendo el verdadero temple! Sabe… sÃ, lo sabe tan bien como yo, quién tendrÃa que ser el amo aquÃ… ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Os ha puesto bien en vuestro sitio! ¡Vaya, vaya, vaya!
»—¿Adónde vamos? —dije a mi primo sin hacer caso de las burlas del miserable viejo.