Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Una tarde de octubre o principios de noviembre… una tarde fresca y lluviosa, cuando el césped y los caminos crujían con la humedad y las hojas marchitas y el frío cielo azul estaba medio oculto por las nubes —oscuras masas grises que subían rápidamente por el oeste presagiando abundante lluvia— pedí a mi señorita que renunciara a su paseo porque estaba segura de que tendríamos chaparrones. Se negó y yo de mala gana me puse una capa y cogí el paraguas para acompañarla a dar una vuelta hasta el final del parque. Se trataba de un paseo formal que generalmente daba cuando estaba deprimida, lo que invariablemente sucedía cuando el señor Linton estaba peor que de costumbre, algo que él nunca confesaba, pero que tanto ella como yo adivinábamos por su mayor silencio y la melancolía de su rostro. Caminaba triste, sin carreras ni saltos, aunque el viento frío bien podía haberla tentado a una carrera. De reojo, pude ver muchas veces que levantaba la mano y se secaba la mejilla. Miré por allí en busca de algo que distrajera sus pensamientos. A un lado del camino se elevaba un alto y áspero talud, donde avellanos y robles achaparrados, con las raíces medio descubiertas, apenas lograban mantenerse. La tierra era demasiado floja para los últimos y los fuertes vientos habían inclinado a algunos hasta dejarlos casi horizontales. En verano a la señorita Catherine le encantaba trepar por aquellos troncos, sentarse en las ramas y balancearse a veinte pies por encima del suelo, y yo disfrutaba con su agilidad y su alegría infantil, aun así consideraba oportuno reñirla cada vez que la veía en una posición tan elevada, pero lo hacía de tal manera que ella sabía que no era necesario bajar. Desde la comida hasta el té podía quedarse en aquella cuna mecida por la brisa sin hacer nada más que cantar viejas canciones —de mi repertorio infantil— o contemplar a los pájaros, sus compañeros de alojamiento, alimentar a sus pequeños o incitarles a volar, o acurrucarse con los párpados cerrados, medio pensando, medio soñando, más feliz de lo que las palabras pueden expresar.


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