Cumbres Borrascosas

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—¡Mire señorita! —exclamé, apuntando a un hueco bajo las raíces de un árbol retorcido—. El invierno todavía no ha llegado. Hay allá arriba una florecita, el último capullo de la multitud de campanillas que en julio cubrían esos escalones de hierba como una neblina morada. ¿Quiere usted subir a cogerla para enseñársela a su papá?

Cathy miró largo rato a la solitaria flor que temblaba en su cobijo de tierra y dijo al fin:

—No, no la tocaré, pero qué melancólica está, ¿verdad, Ellen?

—Sí —observé yo—, casi tan exánime y alicaída como usted. Tiene las mejillas sin sangre, cojámonos de las manos y corramos. Está tan floja que me atrevo a decir que mantendría el paso con usted.

—No —repitió—, y continuó andando lentamente, deteniéndose a ratos, a meditar sobre un poco de musgo, una mata de hierba descolorida o un hongo que extendía su brillante color naranja entre montones de pardo follaje y de vez en cuando llevaba la mano al rostro que apartaba a mi vista.

—Catherine, ¿por qué llora, cariño? —pregunté, acercándome y poniéndola el brazo en el hombro—. No debe llorar porque su padre tenga un resfriado. Dé gracias de que no sea nada peor.

Ya no contuvo más las lágrimas. La respiración se le ahogaba en sollozos.


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