Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —La tÃa Isabella no nos tenÃa ni a usted ni a mà para cuidarla. No era tan feliz como el amo. No tenÃa tanto por lo que vivir. Todo lo que tiene que hacer es atender bien a su padre, alegrarle dejándole ver que está usted contenta y evitar preocuparle con ningún asunto. ¡Téngalo en cuenta, Cathy! No le ocultaré que podrÃa matarle, si fuera alocada e insensata y acariciara un afecto loco y fantástico por el hijo de una persona que se alegrarÃa de verle a él en la tumba y le dejara descubrir que le inquieta una separación que él ha juzgado conveniente establecer.
—A mà nada en el mundo me preocupa más que la enfermedad de papá —respondió mi compañera—. Nada me importa comparado con él y nunca… nunca… oh, nunca, mientras esté en mi sano juicio, haré nada o diré una palabra que le moleste. Le quiero más que a mà misma, Ellen. Lo sé porque todas las noches rezo para que yo le sobreviva, porque prefiero ser yo desdichada a que lo sea él. Eso prueba que le quiero más que a mà misma.
—Buenas palabras —le respond×, pero además debe probarlas con hechos y, cuando esté bien, procure no olvidar las decisiones tomadas en el momento del temor.