Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »No te di las buenas noches ese día y no fui a Cumbres Borrascosas al siguiente. Lo deseaba extraordinariamente, pero era presa de una extraña excitación, y a veces me aterrorizaba oír que Linton había muerto, a veces temblaba ante la idea de encontrarme con Hareton. Al tercer día me armé de valor, al menos no pude soportar por más tiempo la incertidumbre, y me escapé una vez más. Fui a las cinco, a pie, figurándome que podría arreglármelas para escabullirme en la casa y subir a la habitación de Linton sin ser vista. Pero los perros dieron aviso de mi llegada. Zillah me recibió y diciendo que el chico mejoraba bien, me introdujo en una pequeña habitación, limpia y alfombrada, donde, para mi indecible alegría, vi a Linton echado en un pequeño sofá leyendo uno de mis libros. Pero durante toda una hora ni me habló, ni me miró, Ellen. Tiene muy mal genio. Pero lo que me desconcertó por completo fue que, cuando al fin abrió la boca, soltó la mentira de que yo había ocasionado el alboroto y que no había que echarle la culpa a Hareton. Incapaz de responder sin enfurecerme, me levanté y salí de la habitación. Lanzó tras de mí un débil «¡Catherine!». No contaba con recibir esa respuesta, pero no volví y el día siguiente fue el segundo que me quedé en casa, casi decidida a no visitarle más. Pero era tan triste irse a la cama y levantarse y no saber nunca nada de él, que mi decisión se desvaneció en el aire antes de que estuviera convenientemente formada. Parecía un error haber emprendido aquel camino antes, parecía un error no ir ahora. Michael vino a preguntarme si tenía que ensillar a Minny. Dije que sí y, mientras me llevaba por las colinas, pensé que cumplía con un deber. Como tenía que pasar por delante de las ventanas de la fachada para llegar al patio, era inútil tratar de ocultar mi presencia.