Cumbres Borrascosas

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Mientras hablábamos nos acercamos a una puerta que daba al camino y mi señorita, alegre de nuevo como un sol, trepó y se sentó en lo alto de la tapia, alcanzando a coger unos escaramujos que florecían, rojos como la escarlata, en lo alto de las ramas de los rosales silvestres que daban sombra al lado del camino. Los frutos de más abajo habían desaparecido, pero los de arriba sólo podían tocarlos los pájaros, salvo desde la posición actual de Cathy. Al estirarse para cogerlos se le cayó el sombrero y, como la puerta estaba cerrada, propuso bajar gateando para recuperarlo. Le pedí que tuviera cuidado, no fuera a caerse, y ágilmente desapareció. Pero la vuelta no resultó asunto tan fácil. Las piedras eran lisas y estaban bien unidas con cemento y las rezagadas ramas de los rosales y de las zarzamoras no ofrecían suficiente ayuda para volver a subir. Yo, como una tonta, no me di cuenta hasta que la oí reír y exclamar:

—Ellen, tendrás que ir a buscar la llave, o si no tendré que dar la vuelta hasta la casa del portero. ¡No puedo escalar el muro por este lado!

—Espere donde está —respondí—. Tengo mi manojo de llaves en el bolsillo. Quizá pueda abrirla, si no, iré.


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