Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Esto no hace al caso —dijo Heathcliff (pues era él)—. Supongo que no odio a mi hijo, y es por él por lo que le pido que me escuche. SÃ, tiene usted motivos para sonrojarse. Hace dos o tres meses, ¿no tenÃa usted la costumbre de escribir a Linton? Jugando al amor, ¿eh? ¡Se merecÃan los dos unos azotes por eso! Especialmente usted, la mayor y, según parece, la menos sensible. Tengo sus cartas y como se ponga impertinente se las mando a su padre. Me imagino que se cansó usted de la diversión y la abandonó, ¿no es verdad? Bueno, pues de paso dejó a Linton en un abismo de desesperación. Él iba en serio, estaba realmente enamorado. Tan cierto como que estoy vivo que se está muriendo por usted. Con su inconstancia le ha destrozado el corazón, pero no figuradamente, sino de verdad. Aunque Hareton ha estado burlándose de él permanentemente durante seis semanas y yo he tomado medidas más serias y he intentado asustarle para que dejara esa estupidez, empeora cada dÃa y ¡estará bajo tierra antes del verano, a menos que usted le restablezca la salud!
—¿Cómo puede usted mentir tan descaradamente a la pobre criatura? —grité desde dentro—. ¡Por favor, siga su camino! ¿Cómo puede inventar deliberadamente mentiras tan miserables? Señorita Cathy, romperé la cerradura con una piedra. No crea esas viles tonterÃas. Usted misma puede ver que es imposible que una persona se muera de amor por un extraño.