Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Vigorosas chupadas y una resuelta mirada a la rejilla de la chimenea declaraban que no tenÃa oÃdos para esta llamada. Al ama de llaves y a Hareton no se les veÃa por ninguna parte. Probablemente ella habrÃa ido a un recado y el otro a su trabajo. Reconocimos la voz de Linton y entramos.
—¡Oh, ojalá te mueras de frÃo en una buhardilla! —dijo el chico, confundiendo nuestra llegada con la de su negligente criado.
Se detuvo al notar su error. Su prima corrió hacia él.
—¿Es usted, señorita Linron? —dijo, levantando la cabeza del brazo del gran sillón en el que estaba reclinado—. No… no me bese, me ahoga. ¡Pobre de mÃ! Papá me dijo que vendrÃa —continuó después de recuperarse un poco del abrazo de Catherine, mientras ella seguÃa allà con aire compungido—. ¿Quiere cerrar la puerta, por favor? La ha dejado abierta y esas… esas detestables criaturas no quieren traer carbón para el fuego. ¡Hace tanto frÃo!
Removà las cenizas y yo misma fui a buscar un cubo de carbón. El enfermo se quejó de que le llenaba de cenizas, pero como tenÃa una tos fatigosa y un aspecto febril y enfermizo no le recrimine’ su mal humor.
—Bueno, Linton —murmuró Catherine cuando se le desarrugó el ceño—. ¿Estás contento de verme? ¿Puedo hacer algo por ti?