Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Lo estará dentro de uno o dos dÃas —murmuró Heathcliff—. Pero primero… ¡levántate, Linton! ¡Levántate! No te arrastres por el suelo. ¡Levántate ahora mismo!
Linton se habÃa vuelto a hundir en la postración en otro paroxismo de miedo inevitable, causado, supongo, por la mirada de su padre hacia él, pues no habÃa ninguna otra cosa que produjera semejante humillación. Hizo varios esfuerzos para obedecer, pero sus escasas fuerzas estaban, de momento, aniquiladas y volvÃa a caer con un gemido. Heathcliff se adelantó, le levantó y le apoyó en una mata de césped.
—Bueno —dijo con reprimida ferocidad—. Me estoy enfadando, y si no dominas ese miserable espÃritu tuyo… ¡Maldito seas! ¡Levántate ahora mismo!
—Lo haré, padre —jadeó—. Sólo déjame tranquilo o me desmayaré. He hecho lo que querÃas, estoy seguro. Catherine te dirá que… que yo… he estado muy alegre. ¡Ah! Quédate junto a mÃ, Catherine, dame la mano.
—Toma la mÃa —dijo su padre—. Ponte de pie. Eso es… ahora ella te dará su brazo. Está bien, mÃrala. Se imaginaria usted, señorita Linton, que yo era el mismÃsimo diablo para provocar tanto terror. Sea tan amable como para acompañarle a casa, ¿quiere? Se estremece si le toco.