Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —He rezado a menudo —dijo medio en soliloquio— para que llegara lo que se avecina, pero ahora empiezo a acobardarme y a temerlo. Pensaba que el recuerdo de la hora en que bajé esa cañada como novio serÃa menos dulce que la esperanza de que pronto, dentro de pocos meses, semanas quizá, me iban a llevar hasta allà y me dejarÃan en la solitaria fosa. Ellen, he sido muy feliz con mi pequeña Cathy. En las noches de invierno y los dÃas de verano ha sido una esperanza viva a mi lado. Pero he sido igual de feliz meditando a solas entre esas lápidas, bajo la vieja iglesia, reclinado durante las largas tardes de junio sobre el verde montÃculo de la tumba de su madre, y deseando… anhelando la hora en que pudiera yacer debajo. ¿Qué puedo hacer por Cathy? ¿Cómo tengo que dejarla? No me importa ni por un instante que Linton sea hijo de Heathcliff, ni que se la lleve de mi lado, si pudiera consolarla de mi pérdida. No me importarÃa que Heathcliff consiguiera sus propósitos y triunfara robándome mi última bendición. Pero si Linton fuera indigno —sólo un débil instrumento de su padre— no puedo dejarla abandonada en sus manos. Y, por duro que sea aplastar el ilusionado espÃritu de Cathy, tengo que perseverar en entristecerla mientras viva y dejarla sola cuando muera. ¡Cariño mÃo! PreferirÃa confiarla a Dios y depositarla bajo tierra antes que yo.