Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Linton no parecÃa recordar de lo que hablaba y evidentemente tenÃa grandes dificultades para mantener cualquier tipo de conversación. Su falta de interés en los temas que ella iniciaba y su pareja incapacidad para contribuir al entretenimiento de Catherine eran tan obvias que ella no pudo ocultar su decepción. Un cambio indefinido se habÃa apoderado de toda su persona y de sus modales. El malhumor que las caricias podÃan convertir en cariño habÃa dado paso a una lánguida apatÃa. TenÃa menos del mal genio del niño que se impacienta y molesta a fin de que le consuelen y más del taciturno ensimismamiento del tenido definitivamente por enfermo que rechaza los consuelos y está presto a considerar el buen humor y la alegrÃa de los demás como un insulto. Catherine comprendió, tan bien como yo, que soportar nuestra compañÃa representaba para él más un castigo que una satisfacción, y no tuvo ningún escrúpulo en proponer enseguida que nos marcháramos. La propuesta, inesperadamente, despertó a Linton de su letargo y le puso en un extraño estado de agitación. Miró temeroso hacia las Cumbres y le pidió que se quedara, al menos, media hora más.