Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Murió feliz, señor Lockwood, así murió. Besando la mejilla de su hija murmuró:
—¡Me voy con ella, y tú, querida hija, vendrás con nosotros!
Y no se movió ni habló más, pero continuó con aquella mirada extasiada y radiante, hasta que su pulso se paró imperceptiblemente y su alma partió. Nadie hubiera podido darse cuenta del minuto exacto de su muerte, tan completa fue la ausencia de toda lucha.
Bien porque Catherine había agotado sus lágrimas o porque el dolor era demasiado pesado para dejarlas fluir, se quedó allí sentada con los ojos secos hasta que salió el sol, siguió sentada hasta el mediodía y hubiera continuado meditando sobre aquel lecho de muerte, pero insistí en que saliera y descansara un poco. Estuvo bien que consiguiera sacarla de allí, pues a la hora de comer llegó el abogado, después de pasar por Cumbres Borrascosas para recibir instrucciones respecto de su actuación. Se había vendido al señor Heathcliff y ésa fue la causa de su retraso en obedecer el requerimiento de mi amo. Afortunadamente al señor Linton no le pasó por la cabeza ningún pensamiento de negocios mundanos que le perturbara tras la llegada de su hija.