Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Pero creo —dijo Cathy— que estarÃas más cómodo en casa que sentado aquà y veo que no puedo divertirte hoy con mis cuentos, mis canciones y mi charla. Te has vuelto más serio que yo en estos seis meses, poco te gustan ya mis diversiones, de lo contrario, si pudiera entretenerte, me quedarÃa de buena gana.
—Quédate para descansar —replicó—. Y Catherine, no creas, ni digas que estoy muy mal. Es el tiempo pesado y el calor lo que me tiene desanimado. Antes de que llegaras camine por ahÃ, mucho para mÃ. Dile al tÃo que tengo muy buena salud, ¿quieres?
—Le diré que eso dices tú, Linton. Yo no podrÃa afirmar que la tienes —observó mi señorita, sorprendida ante su pertinaz afirmación de algo que era evidentemente falso.
—Y ven de nuevo el jueves próximo —continuó, esquivando la perpleja mirada de ella—. Y dale las gracias por permitirte venir… mi mayor agradecimiento, Catherine. Y… y si te encontraras a mi padre y te preguntara por mÃ, no le dejes suponer que he estado extraordinariamente silencioso y estúpido. No pongas un semblante triste y decaÃdo como estás haciendo ahora… se enfadará.
—Su ira no me importa nada —exclamó Cathy figurándose que era ella la causa.