Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Pero a mà sà —dijo su primo temblando—. No le provoques contra mÃ, Catherine, porque es muy duro.
—¿Es severo con usted, señorito Heathcliff? —pregunté yo—. ¿Se ha cansado de la tolerancia y ha pasado del odio pasivo al activo?
Linton me miró, pero no respondió y, después de seguir sentada a su lado otros diez minutos, durante los cuales la cabeza se le cayó amodorrada sobre el pecho y no profirió más que ahogados gemidos de agotamiento o de dolor, Cathy empezó a solazarse buscando arándanos y a compartir conmigo el producto de sus búsquedas. No se los ofreció a él porque vio que prestarle más atención no harÃa más que cansarle y enojarle.
—¿Es ya la media hora, Ellen? —me susurró al oÃdo por fin—. No sé por qué debemos quedarnos. Está dormido y papá estará deseando tenernos de vuelta.
—Bueno, no debemos dejarle dormido —respondà yo—. Espere a que se despierte y tenga paciencia. ¡Estaba muy impaciente por venir, pero su anhelo de ver al pobre Linton se ha evaporado pronto!