Cumbres Borrascosas

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Divisamos a Linton vigilando en el mismo sitio que había elegido anteriormente. Mi señorita se apeó y me dijo que, como estaba resuelta a quedarse muy poco tiempo, era mejor que la sujetara el poni y siguiera montada en el caballo. Pero desmonte. No quería correr el riesgo de perder de vista ni un minuto a la pupila que se me había encomendado, así que subimos juntas la ladera de brezos. El señorito Linton nos recibió más animado en esta ocasión, aunque no era la animación del entusiasmo, ni tampoco de la alegría, parecía proceder más del miedo.

—¡Es tarde! —dijo, en pocas palabras y con dificultad—. ¿No está tu padre muy enfermo? Pensé que no vendrías.

—¿Por qué no eres sincero? —exclamó Catherine, tragándose su saludo—. ¿Por qué no me dices de una vez que no me necesitas? ¡Es raro, Linton, que por segunda vez me hayas hecho venir con el fin, al parecer, de apenarnos los dos y además sin razón alguna!

Linton temblaba y la miraba medio suplicante, medio avergonzado, pero su prima no tenía la paciencia suficiente para soportar aquella enigmática conducta.


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