Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Que me disolvÃa con ella y era más feliz aún! ¿Crees que me espanta esa clase de cambio? Esperaba una transformación asà al levantar la tapa, pero me agrada más que no empiece hasta que yo la comparta. Además, de no haber tenido la impresión nÃtida de sus facciones serenas, ese extraño sentimiento difÃcilmente habrÃa desaparecido. Empezó de una manera extraña. ¡Sabes que estaba frenético desde que murió, y que continuamente, de amanecer en amanecer, le suplicaba que me devolviera su alma! Creo firmemente en los fantasmas. Estoy convencido de que pueden existir y que de hecho existen entre nosotros. El dÃa que la enterraron cayó una nevada. Por la noche fui al cementerio. Soplaba un viento frÃo como de invierno… todo estaba solitario alrededor. No temÃa que el tonto de su marido anduviera vagando por la madriguera tan tarde, y nadie más tenÃa nada que hacer allÃ. Solo, y consciente de que dos yardas de tierra removida era la única barrera entre los dos, me dije: «¡La volveré a tener entre mis brazos! Si está frÃa, pensaré que es este viento del norte el que me hiela, y si está inmóvil, es que duerme». Cogà una azada del cobertizo de las herramientas y empecé a cavar con todas mis fuerzas… raspó el ataúd. Me puse a trabajar con las manos. La madera empezó a crujir por los tornillos. Estaba a punto de alcanzar mi objetivo, cuando me pareció oÃr un suspiro de alguien arriba, junto al borde de la tumba e inclinándose. «Con que logre levantar esto —murmuré— ¡ojalá nos cubran de tierra a los dos!», y me esforcé más desesperadamente aún. Hubo otro suspiro pegado a mi oÃdo. Me pareció sentir su cálido aliento desplazando al viento cargado de aguanieve. SabÃa que no habÃa por allà ningún ser vivo de carne y hueso. Pero de la misma manera que percibimos la cercanÃa de un cuerpo material en la oscuridad, aunque no lo veamos, con la misma seguridad sentÃa yo que Cathy estaba allÃ, no debajo de mÃ, sino sobre la tierra. Una repentina sensación de alivio fluyó desde mi corazón por todos los miembros. Dejé mi angustioso trabajo y quedé consolado de inmediato, inefablemente consolado. SentÃa conmigo su presencia, se quedó mientras volvÃa a llenar la fosa, y me llevó a casa. Puedes reÃrte si quieres, pero yo estaba seguro de verla allÃ. Estaba seguro de que estaba conmigo y no podÃa por menos de hablarle. Al llegar a las Cumbres corrà ansioso a la puerta. Estaba cerrada. Recuerdo que el maldito Earnshaw y mi mujer no me dejaban entrar. Recuerdo que me detuve a arrancarle el resuello a patadas y corrà arriba, a mi habitación, y la suya. Miré a mi alrededor con impaciencia… la sentÃa junto a mÃ… podÃa casi verla, y sin embargo, ¡no la veÃa! Debà de sudar sangre entonces por la angustia de mis deseos… ¡por el fervor de mis súplicas para tener de ella sólo un vislumbre! No tuve ni uno solo. ¡Mostró ser, como a menudo hacÃa en vida, un demonio para mÃ! ¡Y desde entonces, unas veces más y otras menos, he sido el juguete de esta intolerable tortura! ¡Tortura infernal!, que ha tenido mis nervios en tal tensión que, si no fueran como cuerdas de violÃn, hace tiempo se habrÃan vuelto tan frágiles como los de Linton. Cuando me sentaba en la sala con Hareton parecÃa que al salir la iba a encontrar; cuando andaba por los páramos, que la encontrarÃa viniendo; cuando salÃa de casa, me apresuraba a volver, tenÃa que estar en alguna parte en las Cumbres, ¡estaba seguro! Cuando dormÃa en su alcoba… me sentÃa rechazado. No podÃa estar acostado allÃ, pues en el momento que cerraba los ojos ella estaba fuera de la ventana, o se deslizaba por los tableros o entraba en la alcoba, o incluso descansaba su querida cabeza en la misma almohada, como hacÃa cuando era niña. TenÃa que abrir los ojos para ver, asà que los abrÃa y cerraba cien veces cada noche… para terminar siempre decepcionado. ¡Me atormentaba! A menudo gemÃa en voz alta, hasta ese viejo malvado de Joseph, sin duda, creÃa que mi conciencia estaba poseÃda por el demonio. Ahora, desde que la he visto, estoy tranquilo… un poco. ¡Qué extraña manera de matar!, no por pulgadas, sino por fracciones, por el ancho de un pelo, para engañarme con el espectro de la esperanza, ¡durante dieciocho años!